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La Ciguapa

La Ciguapa lo visitó le exprimió el sexo y la vida. Lo dejó hipnotizado, vuelto un saquito de plumas, perdido en sus ojos de tierra, en su tez de melaza, en la noche que lleva en la cabeza y que le esconde el cuerpo. La Ciguapa lo visitó le exprimió el amor y la vida. Lo dejó con un aullido vivo en el oído. Recondando perros cinqueños, y una luna creciendo sobre el río. La Ciguapa lo visitó, le exprimió el sexo y la vida. Lo dejó en la serranía, enredado en una trenza, recordando perros, pelo, sexo, aullidos, lunas, río.

El Motoconcho

Mi recuerdo es un zumbido en crescendo, de un 70 verde olivo con asientos negros y pegajosos. Un souvenir en la espinilla izquierda de un muffler que tatúa a media población. Un recuerdo que me lleva al colegio y a la Privada, a Talanquera y a El Cerro de San Cristóbal. Un recuerdo que carga: un cobrador a quien nunca se le da la cara, un mensajero que lleva el cielo en un sobrecito blanco, un ladrón en la Autopista Duarte, un doctor llegando a casa, una madre con sus dos niños, un tanque de gas, y un chivo. Un recuerdo que encontré, que dejé, que siempre será colectivo. El motoconcho es un primo lejano, una historia de risa y de llanto.

El Maní

La esperanza se viste de flores amarillas, el amor es una ofrenda que se multipla. El altar está hecho de buena fe. Velas, incienso, comida, Caballo, Ana Isa, llegué. El futuro se dibuja en una taza, en el humo del tabaco, en un vaso de agua, en los restos del café. Velas, incienso, comida, Caballo, Ana Isa, llegué. Un Maní de esperanza y bien, un Maní para florecer. Velas, incienso, comida, Caballo, Ana Isa, llegué. La tradición vive entre cuatro paredes, lejos de donde comenzó, siempre conectada al amor. Los palos son un corazón abierto. Velas, incienso, esperanza y bien.
Sin expresión, con la lengua anestesiada ante el dolor ajeno, con temor a la nube negra que puede ser una boca. Vivir con miedo es alquilarle el estómago a la angustia.

En Coma

Las rodillas aguantan las culpas, arrastran las promesas que hizo a la Virgen cuando la muerte le robaba el cuerpo. Si se salva va a cambiar: Será buen padre, pagará sus cuentas, no dibujará sus dedos en la mejilla de su mujer, será mejor, honrará a su madre, a la tierra, al cobrador, honrará al amor. Su rodillas son un dulce amortiguador de remordimientos. Y si se salva seguirá asfixiando recuerdos con las yema de los dedos, en un minuto, en una mañana, procurará no olvidar sus deseos de ser mejor, si se salva.

Observación

El aire acondicionado suena como un helicóptero de la fuerza aérea, me recuerda alguna guerra en cualquier país del mundo. El pedacito de hilo que cuelga frente al ventilador baila Gagá y me recuerda las tripas de los estómagos vacíos. La ventana está nublada y triste como el porvenir de tantos países. El aire acondicionado llora lágrimas frías como los osos polares. El aire se come la luz, los bolsillos y los malos pensamientos. La ventana está nublada, el aire balbucea, llora, descansa en el vientre de la pared.

La cementera en los Haitises

Siempre dice que la quiere en las noches cuanto está borracho o en las tardecitas en las que se dibuja el sol en su espejo retrovisor. Siempre dice que la quiere ver bien, sin hambre, sin enfermedades, sin semidioses que le tejan las pestañas caídas. Construyó una ciudad en la palma de la mano, con avenidas y ríos casi secos, la misma mano que los construye los desbarata. La misma mano que le quiere la destruye. Siempre dice que la tierra es su vida, la misma que escupe, la misma que pisotea cada día, la misma que le da el puesto. Su cuerpo huele a sol y a cemento fresco, su cuerpo sobre la tierra parece la cruz blanca de su bandera. El cemento habla en dólores y él escucha feliz. Se hace ciego y la bandera sigue desangradose. Y el pueblo sigue esperando que despierte, que lo defiendan, que lo alumbre otro sol. Siempre dice que la quiere, ojalá que se lo demuestre.