Thursday, May 28, 2009

La Astilla

No le gustaba andar descalza pero ese día lo hizo. Andaba por el patio regando las plantas cuando pisó la astilla. Una puntilla estúpida de procedencia incierta le perforó la capa transparente del pie derecho.
Un salto, un coño.
Cojeó hasta el banco verde al final del patio, debajo del sauce, se sentó.
Cuánto le dolía ese pedacito microscópico de madera. Intentó sacarlo, sus pulgares le ahorcaban el talón, mientras mas intentaba sacarlo más parecía adentrarse a su talón amarillento.
La astilla se imaginaba dentro de Sara, navegando como canoa en su sangre azul. Subiéndole por las piernas camino al corazón, donde seguro terminaría haciendo una hoguera, junto a todas las astillas que la habían clavado el cuerpo. Crear hogueras que encendieran cuando Sara pestañeara, para que le brillaran aun más los ojos cuando estuviera enamorada. Qué dolor.
Sus uñas seguían hurgando la cabecita de la astilla.
Cuando la agarre de seguro la echará al suelo, con las demás astillas que son exorcizadas de su cuerpo. Entre la tierra encontrará cárcel, o tal vez en un hormiguero sirva de arma contra termitas.
—Pedacito de madera como quemas en mi piel,
pedacito de madera por qué diablos te pisé.
El sauce está en el centro del patio, sus ramas llueven sobre el banco verde. Sara es una visión en pantalones cortos y blusa amarilla. Su piel es de avena, su pelo, un maratón de bucles oscuros, el ceño fruncido, las mejillas rojas, la boca entreabierta. El pie derecho descansa sobre el muslo opositor. El viento mínimo es suficiente para invitar hebras onduladas a su boca. Sus manos siguen intentando pescar la astilla.
Un apretón hunde y rebota la cabecita impertinente. Ya casi está afuera. Sigue apretando, el talón enrojece.
Sube, sube, sube como suben los sueños a media tarde, como sube la presión arterial, como sube el café, el pene cuando la ve,
sube, sube, sube como la marea, como su pelo en un moño, como su pecho excitado. Por fin! La tiene entre el índice y el pulgar. La acerca, la aleja, la huele. La imagina como una flecha disparada de la nada. Una maldición diminuta, un arma invisible, una canoa en su sangre. Una historia que contar a sus amigos, de una astilla en su pie derecho.

©Sussy Santana

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