Wednesday, April 8, 2009

Soñé una palmera saliendo del centro de mi casa, rompiendo el techo de tejas y cubriendo con sus ramas las paredes exteriores: gigantesca, de tallo grueso, parida de cocos que parecían bolas de baloncesto. El piso de locetas desnivelado por las raíces, levantando los muebles. Mi abuela, la pobre, estaba sentada en la mecedora y calló de bruces como una guayaba podrida, en su caso, por los achaques. En la cocina los platos calleron al piso, la divina vajilla de los domingos se hechó a perder en menos de tres minutos. Mi madre dormía, inexplicablemente. Caminé hasta el centro de la casa (entre la cocina y el comedor y mire hacia arriba. Empezaba a llover, los cocos de abrieron y su agua fresca y olorosa empezó a inundar mi casa. Mi abuela se reía: Busca los galones muchacha, llenalos de agua, con esta bebemos por tres días. Desperté.
Soñé una palmera saliendo del centro de mi casa, rompiendo el techo de tejas y cubriendo con sus ramas las paredes exteriores: gigantesca, de tallo grueso, parida de cocos que parecían bolas de baloncesto. El piso de locetas desnivelado por las raíces, levantando los muebles. Mi abuela, la pobre, estaba sentada en la mecedora y calló de bruces como una guayaba podrida, en su caso, por los achaques. En la cocina los platos calleron al piso, la divina vajilla de los domingos se hechó a perder en menos de tres minutos. Mi madre dormía, inexplicablemente. Caminé hasta el centro de la casa (entre la cocina y el comedor y miré hacia arriba. Empezaba a llover, los cocos de abrieron y su agua fresca y olorosa empezó a inundar mi casa. Mi abuela se reía: Busca los galones muchacha, llenalos de agua, con esta bebemos por tres días. Desperté.

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La once de Violeta